Todo empezó como un juego. Como siempre empiezan estas cosas. Un grupo de chalaos por la música, los deportes y las mujeres se enzarzan en discusiones bizantinas sobre canciones, sistemas de votación, ordenación, y todas esas fruslerías. Una buena excusa para repasar algunas de las mejores canciones internacional de todos los tiempos . Una lista que, como todas, es subjetiva y sobre la que no se ponen de acuerdo ni siquiera los individuos que la perpetraron...
"I’ll make you happy, baby, just wait and see For every kiss you give me, I’ll give you three"
"’Be my Baby’ se anuncia con la que puede ser la introducción más dramática del R&R – la batería de Hal Blaine es el código Morse de los dioses – y, de alguna manera, sólo mejora a partir de ahí”. Esta es la descripción que hace Allmusic de la mítica introducción de Hal Blaine a una de las mejores canciones pop de la historia. Según cuentan, fue Jack Nietzche, el arreglista de Phil Spector, quien se la sugirió, así que el mérito debería recaer en ambos. Por algo, decenas de canciones de todas las épocas copian este ritmo tan característico. Y como dice Allmusic, eso es sólo el principio, lo que sigue es tanto o más increíble.
Una conjunción de los mejores ingredientes hizo esta maravilla posible. Phil Spector, el mítico productor creador del Wall of Sound estaba en su cima creativa y los hits se acumulaban en su carrera. Antes de que “Be My Baby” alcanzara lo más alto de las listas, Spector había triunfado con clásicos como “To know him (is to love him)” (su único éxito como intérprete al frente de los Teddy Bears), “I love how you love me”, “He’s a rebel”, “Da doo Ron ron” o “Then he kissed me”. Spector era el genio detrás de la producción de estas canciones, pero el mérito no es sólo suyo. Los ingredientes que mencionaba antes eran: un gran arreglista (el mencionado Jack Nietzche), unos músicos de estudio memorables (la llamada Wrecking Crew, participantes en las mejores sesiones de grabación de Los Ángeles de la época, desde Spector a Brian Wilson, pasando por The Monkees o Simon & Garfunkel), un estudio de grabación con un sonido único (Gold Star), una voz fascinante (los “oh oh” de Ronnie han quedado para la historia) y unos compositores de excepción. En este caso, los compañeros de composición de Spector fueron Jeff Barry y Ellie Greenwich, una de las míticas parejas de compositores del famoso Brill Building de Nueva York. Si esta lista de canciones la hubiese elaborado yo sólo, probablemente habría más de una canción de Barry/Greenwich, tanto con Spector como en su trayectoria en Red Bird. Pero como no es el caso, intentaré centrarme en la canción que nos ocupa.
Para crear su famoso “muro de sonido”, Phil Spector agrupaba decenas de músicos en un espacio minúsculo y ponía el volumen al máximo. Sólo él conseguía sacar algo tan bonito de ese aparente caos. Por poner un ejemplo, en esta canción suenan cuatro teclados al mismo tiempo.
El resultado, una canción perfecta. Después de la introducción, entran las cuerdas, maracas y castañuelas que dan paso a la voz, con ese timbre tan característico de Ronnie. La canción te atrapa por su inocencia desde el principio. Cuando ya estás babeando con la primera estrofa, llega el estribillo y, al escuchar esos coros, no puedes creer que aún pueda mejorar. Pero mejora. En el puente instrumental, las cuerdas y unos coros de otro mundo, lo llenan todo. Y aunque parezca mentira, aún no ha llegado lo mejor. Ronnie vuelve a cantar el estribillo rodeada de castañuelas. "Whoa-oh-oh-oh" y entonces todo se para, el código Morse de los dioses vuelve a sonar más potente incluso que al inicio y, dejándonos con la carne de gallina, la canción termina con el Muro de Sonido sonando mejor que nunca. Dos minutos y medio de pura gloria.
El resto es historia. Como muestra de la grandeza de esta canción, Brian Wilson la consideraba (y aún lo hace) la mejor que se ha compuesto jamás. No sólo emuló muchas veces ese sonido sino que compuso “Don’t worry baby” como una continuación a “Be my baby” (la introducción de la canción de Wilson lo atestigua). Incluso llegó a ofrecérsela Spector para que la cantara Ronnie, pero este la desechó por no estar a la altura (ejem…). Afortunadamente para Brian, Ronnie grabó su canción años después.
Mientras termino esta crítica, escucho “Gentle Sons”, la última canción del disco de debut de la nueva promesa del Indie pop, The Pains of Being Pure at Heart. Esta canción se suma a la larga lista de canciones que comienzan con el código Morse de los dioses. Una joven banda de NY que demuestra que el legado de “Be My Baby” sigue vivo, y lo seguirá por muchos años.
Autor: Rafa Llarena
Más información: Página de referencia sobre Phil Spector, Brill Building, Girl groups… http://www.spectropop.com/
"Now I would do most anything To get you back by my side But I just Keep on laughing Hiding the tears in my eyes 'cause boys don't cry"
Rascamos cuatro veces las cuerdas de la guitarra: pang, pang, pang, pang. Pegamos tres rápidos baquetazos: ta-ta-ta. Hecho, es sencillo: acabamos de componer el mejor inicio de una canción pop de la historia (con permiso del Debaser de los Pixies).
Hacemos dos riffs de guitarra sobre el ritmo perfecto del bajo y la batería. Hecho, es simple: acabamos de encontrar cómo transmitir en veinte segundos toda la alegría del pop; acabamos de conseguir que hasta el más torpe espantapájaros se ponga a bailar; para los que nos acusan de oscuros, allá va nuestra canción más luminosa.
Contamos una historia sencilla de un chico que no quiere llorar aunque se dé cuenta de que ha perdido, para siempre, a la chica de su vida. La contamos como si tuviésemos 15 años (¿acaso no los tenemos?) y nos pareciera que nunca, en nuestra puta vida, nos fuéramos a poder recuperar de tanto dolor (¡qué hermoso es darse cuenta 15 años más tarde de que el desamor no duele tanto al fin y al cabo!). Hecho, es sencillo: acabamos de crear una de las dos mejores canciones pop de la historia (pon tú la otra, amigo).
¿Es sencillo hacer pop? Varios millones de malas canciones nos dicen que no lo es. Pero esta pequeña joya demuestra lo contrario. ¡Ah, pero es que para hacer algo tan bueno como “Boys don’t cry” hay que tener talento! Ya, será eso...
"Oh, it's just a perfect day I'm glad I spent it with you"
¿Y qué mas da que la canción no hable de amor, sino de heroína? Sigue siendo una preciosa canción de amor, con una letra sencilla y tierna, que cualquiera querría cantar a su pareja (en el hipotético caso de que estuviera enamorado de la misma) en la languidez de un fin de tarde de domingo otoñal. Aunque hoy sea una concepción superada, durante un tiempo de descubrimiento la heroína se consideró una sustancia cool, que mejoraba la vida de quien la consumía y a quien se dedicaron canciones de admiración y respeto. Por eso, aunque su destinatario sea erróneo, el amor que trasciende esa canción puede extrapolarse a lo que se entiende habitualmente por amor; es decir, entre personas.
O quizás no. Quizás el entorno ambiental de la canción no sea la lánguida dejadez de la droga en sus primeros estadios de consumo, quizá sea una resignada tristeza nostálgica por haberse entregado a alguien que no te va abandonar, ni aunque tú quieras.
Bueno, amor también al fin y al cabo, y no afecta a la afirmación que pensaba hacer de que es una de las canciones de amor más perfectas que existen en el mundo del pop y el rock, por su unión de sencillez, caràcter, capacidad evocadora y melodía.
Lou Reed estaba en estado de gracia por esos años, y afortunadamente para los que nos gustan las canciones de formato clásico, pasó una gran parte de ellos entregado a las composiciones lógicas y sencillas, como esa otra joya del mismo álbum que es "Satellite of love". De hecho, todo "Transformer" es una prueba de estado de inspiración absoluta. Lástima que a Reed, como a Dylan, le haya dado en sus años geriátricos por deconstruir esas canciones, si es que las toca en directo, hasta hacerlas irreconocibles (o, lo que es peor, reconocibles pero detestables en sus experimentos jazzístico-percusivos). Cierto es que no deja de ser el autor y por tanto está legitimado para hacer lo que quiera con sus interpretaciones, pero hay momentos redondos en la historia de la música popular que alcanzan la categoría de obras de arte, pasan a ser patrimonio de la humanidad y por tanto deberían estar sujetos a restricciones en su modificación. Es el caso de todo "Transformer", especialmente esta canción, también "Satellite of love" y, por supuesto, "Walk on the wild side".
Lo cual me recuerda que hace muchos años ya, saliendo de una feria del disco en Barcelona, cuando aún se celebraba en el Hotel Oriente, en las Ramblas, me encontré fuera paseando a mi hermano, fan de la música de calidad donde los haya. Al preguntar qué había comprado y enseñarle el single, me dijo... "¿ah, pero Lou Reed no era negro?". Durante muchos años me he estado descojonando del comentario de forma recurrente, pero desde que ví en directo a Reed hace un par de años pretendiendo ser Miles Davis o Coltrane, resulta que he descubiertoque mi hermano era un visionario y tenía más oído del que parecía: Lou Reed no era negro, pero querría haberlo sido para saber interpretar jazz sin resultar un tostón.
En fin, amor, drogas, días perfectos, rock and roll y gente que no se entera: la música nuestra de cada día-
"Of all the stars I've ever seen you're the sun Hang on, hang on"
Alguna vez alguien me ha comentado que si las canciones de Norman eran las que más le gustaban, o si en cambio eran las de Gerard o las de Raymond (si me tengo que mojar, mi voto iría para el primero).Teenage Fanclub es el ejemplo que habría que usar en las clases de Educación para la ciudadanía para explicar las ventajas de la democracia. En cada uno de sus discos, los tres (grandes) compositores que forman este grupo se reparten a igual proporción la autoría de las canciones. Puede que alguien pueda discutir que uno u otro hace mejores canciones o que en un momento determinado de su carrera, uno de ellos estaba en estado de gracia y tal disco hubiera ganado con un mayor número de sus composiciones. Puede ser, pero la fórmula ha funcionado hasta ahora con unos resultados impecables. De las cenizas de The Boy Hairdressers, Norman Blake y Raymond McGinley, junto con Gerard Love, formaron el núcleo indisoluble de TFC. Francis McDonald (también en The Boy Hairdressers) toma el papel de batería en un principio, pero este instrumento ha ido cambiando a un ritmo cercano al de Spinal Tap (pero sin muertes misteriosas ni combustiones espontáneas). Los inicios más ruidosos (con Big Star en el podio de influencias) fueron dando paso a las guitarras más cristalinas y las armonías vocales que ahora son sus señas de identidad (con los tantas veces mencionados Byrds en mente). “Hang on” contiene una pequeña recopilación de todos esos factores. El comienzo con un poderoso riff de guitarra digno de T Rex, deja paso a las voces directamente llegadas de la costa oeste. La melodía, de Gerard Love en este caso, deja paso a un fade out orquestado que es uno de los mejores momentos del disco y la entrada perfecta al resto del disco. Sirva la inclusión de esta canción en la lista para homenajear este gran disco, Thirteen, tan denostado por haber seguido directamente al legendario Bandwagonesque, y precedido a su obra maestra, Grand Prix.
"Don't the sun look good today? But the rain is on its way..."
Esta es la crónica de un amor, de una obsesión: llevo toda la vida buscando a los Go Betweens.
Me enamoré de ellos con el "16 lovers lane", seguramente con esta canción, y mi vida cambió.
Me obsesioné, busqué como un loco toda la información posible sobre esos australianos tocados por el don de la canción perfecta.
En aquella época toda su discografía anterior a Beggars Banquet (los 3 primeros discos, vamos) era inencontrable, pagué cantidades indecentes por copias en vinilo de esos discos (no estaban editados en CD) conseguidas a través de extraños catálogos de venta por correo. Lloré con "Bachelor kisses", me estremecí con "Part company", vibré hasta el éxtasis con "That way"... encontré a MI grupo.
Poco después conseguí sus dos discos siguientes: el "Liberty belle" y el "Tallulah". Recuerdo aún la emoción de la primera escucha... "the wrong road", "spring rain", "apology accepted", "right here", "bye bye pride"... no me lo podía creer, era imposible tanta perfección, tanta emoción, tanta verdad. Creo sinceramente que la trilogía "liberty", "tallulah", "16 lovers lane" es la cumbre del pop de mi era.
Poco después, tal y como presagiaba la portada del "16 lovers lane" con esas miradas dispersas, se separaron. Era el inicio de su historia negra, en su mejor momento, con lo más parecido a un éxito comercial que habían tenido (esta genial "Streets of your town") se separaban. El mito de Van Gogh tantas veces reproducido en la historia del arte volvía en toda su magnitud: el grupo más grande del mundo no había conseguido ni siquiera cercarse al éxito que merecían.
Yo quería más, claro. Llegaron sus etapas en solitario, el sublime "Danger in the past" de Robert, los irregulares discos de Grant.
Seguía buscándolos y ante la ausencia del maestro busqué a los alumnos, descubrí el maravilloso mundo del pop de las antípodas: los Apartments, los Mutton birds, el pop kiwi del sello Flying nun,... también tuve que tragar con mucho desalmado que se atrevía a definir su sonido como influenciado por mis ídolos (maldito vicio que aun persiste).
Y volvieron. Volvieron para llenar mi vida, para recordarme lo mucho que los necesitaba, lo mucho que los echaba de menos. Tuve incluso la suerte de verlos en directo en un inolvidable Primavera Sound, con un "right here" que vivirá para siempre en nuestros corazones.
Y entonces Grant, que siempre fue mi preferido, se fue. Acababan de sacar su enésima obra maestra y estaban, por fin, recibiendo el reconocimiento que siempre merecieron. Malditos malditos.
Se fue durmiendo, soñando, con un aura irreal que aún hoy me atrapa cada vez que recuerdo aquel día.
¿Se supera alguna vez la muerte del ser querido? No lo sé, yo la de Grant no la he superado, ni siquiera sé si quiero, aunque Robert me ha enseñado con "The evangelist" a sobrellevarlo.
Algunos se pasan la vida buscando a Dios, al amor, a la libertad, a la comprensión, al respeto... yo sólo los he buscado a ellos, a los Go Betweens.
"I've seen the needle and the damage done A little part of it in everyone But every junkie's like a settin'sun"
La música, más allá incluso de los autores e intérpretes que la han hecho viva, siempre ha jugado con la autodestrucción. El rock’n roll creció bajo unas premisas de urgencia y fugacidad y dio lugar a unas máximas que, desde cierta cordura, resultan inaceptables. Los personajes autodestructivos, los perdedores que buscan desperdiciar sus cartas de la manera más truculenta posible, han sido objeto de admiración por imberbes en plena explosión rebelde y sesudos intelectuales en distante estudio psicológico y antropológico. Algo así como un veterinario visitando un zoo, vamos.
Neil Young sabía cuando escribió “The needle and the damage done” que muchos lo iban a juzgar por moralista (en la recopilación “Decades” incluía unas notas al respecto de la canción que rezaban “I am not a preacher, but drugs killed a lot of great men.” – No soy un predicador, pero las drogas mataron a muchas grandes personas), que su posición iba en contra de los cánones del rock y que su música se iba a considerar menos “transgresora” por adoptar este tipo de mensajes. Pero al igual que hoy en día ser honesto es todo un dechado de actitud punk, lo de Young fue un auténtico acto de lucidez y rebeldía. Porque las reglas mandaban que la autodestrucción y la heroína eran el camino, y el decidió no seguirlo. Y sobre todo, porque Young se sentía vivo, y sentía la pena de haber visto morir bajo los efectos de la aguja implacable a Danny Whitten (guitarrista de Crazy Horse) y Bruce Berry (roadie de Young durante sus giras con su banda). Esa melancolía pronfunda, esa tristeza del que ha visto a un hombre apagarse lentamente y morir consumido como un cigarrillo abandonado en un cenicero de papel de plata, está presente en cada cuerda que rasga Young en los apenas dos minutos que dura la canción. A pecho descubierto, de la forma más directa y honesta que por entonces conocía un músico.
No era una cuestión de moral. Era una cuestión vital. No era una cuestión de miedo, sino de respeto. Hay mucho de arrebatador y pasional en esos personajes autodestructivos, sumidos en un mundo de drogas y patetismo (el ejemplo más cercano podría ser Nacho Vegas). ¿Cuál es el mito? Sin duda, en este caso, el autor o intérprete subyugado a su propia necesidad de crear. Entonces, compraremos una nueva entrada para acudir al mayor espectáculo del mundo, nos sentaremos bien arriba en la grada, para tener una visión panorámica de la pista central, y aplaudiremos fervorosamente cuando el trapecista falle el triple mortal sin red.
Acabo de llegar de una especie de festival alternativo de Barcelona –unos inquietos gallegos que promueven fiestas y regalan discos por el amor al arte que propugnaban los modernistas- y parece ser que un par de conversaciones mantenidas han encendido la chispa que me ha hecho evocar el pasado y vestir de recuerdo la canción que me toca desfibrar en el blog. Y a ello voy. Va a ser largo, avisados quedan. La primera conversación ha sido vía Internet y esta mañana. Un par o tres de mensajes del grupo de locos que montamos esta salerosa clasificación hablaba de la endogamia de los grupos de Barcelona, de que la escena actual se compone de treinta personas que se van combinando entre sí para dar lugar a una serie de grupos en que están siempre los mismos treinta bajo careta de personalidad orquestal diferente. De hecho en las cuatro bandas que actuaban hoy ocurría eso, pero es que a la vez me han instado a acudir al mismo local el sábado que viene –o el sábado al que voy- en otra fiesta de una discográfica en la que actúan casi los mismos que aparecían hoy pero bajo nombres diferentes. La segunda conversación ha sido allí mismo, y tan enfrascado me he visto en ella que cuando he querido salir a cenar con un grupillo al que le había dicho que acudía en breve, ya no los he encontrado. Trataba ésta sobre el gran tema de los treintañeros –y de ahí en adelante- que siguen aficionados a la música. Hace diez años Internet no era más que una curiosidad y la gente que entonces era veinteañera ya había formado su estética. Son la última generación para la que la música no tiene que ver con los ordenadores. La cuestión es que yo me quejaba de que echo a faltar la presencia de popes, de críticos con criterio que escojan por mí, que me hablen con emoción de tal disco y su opinión sea valorada. Con el espíritu crítico que es ley que ellos mismos nos enseñen, sí, pero valorada. Esa Patricia Godes, esa Sagrario Luna, Fernando Poblet, Josep María Pallardó, ese Oriol Llopis,… Por citar sólo los más olvidados, que los conocidos siguen estando en el candelero. Gente que al citar un disco sancionaban y quitaban libertad al creyente, pero evitaban dispersión. A partir de ahí ya podías construir tu propia personalidad musical. Mi interlocutor argumentaba que esa figura aún existe, pero en forma de blogger, que nosotros no los conocemos, pero que la gente de veinte años los sigue, escoge, valora. No viene a ser lo mismo, por muchas razones. La primera es que cuando te echas novia dejas el blog. Entiéndanme, los guías actuales pueden ser válidos, de una percepción tan afinada como la de Diego Manrique en el 79, pero ya no buscan ser profesionales, es un entretenimiento que con el tiempo se dejará y con ello dejará inválidos a sus seguidores. Bien, toda esta retahíla para explicar que a mí OMD me los descubrió un pope. Novelista de segunda fila hoy en día –aunque a mí me parece poco valorado y cercano a mis adorados Jardiel o Mihura- columnista en El Periódico de Catalunya y con una breve y frustrada carrera cinematográfica, habló en no recuerdo que revista –igual era el Vibraciones, del que fue director- del inmenso poder evocativo del primer disco de un grupo de Liverpool. Era el año en que habían sacado el Organisation y por tanto el “Enola Gay” sonaba constantemente en las radios. Es una canción que siempre me ha desagradado, profundamente. Entiendo que es icono de una época, entiendo que mucha gente evoca su riff de sintetizador como preclaro ejemplo de alianza entre vanguardia, comercialidad y baile, pero a mí son cosas que juntas me repatean. Las aguanto, como mucho, de dos en dos. No hay problema, me suele pasar con canciones sueltas de mis grupos favoritos, las odio hasta la extenuación. Quizás sean el vertedero de lo mucho que me gustan las otras. El caso es que me fié del criterio de mi crítico y me compre su primer lp. No lo entendí. Sigo sin hacerlo. Me parece por una parte aburrido, pero por otra maravilloso. Las canciones son pretenciosas –Julia’s Song-, vulgares –Electricity-, pero tienen una extraña magia. Algo así como “no me sale, pero me saldrá”. Y les salió, vaya si les salió. El padre es Architecture&Morality, un tercer lp lleno d enormes canciones, creo que cada una –por una razón diferente- lo es. El espíritu santo es “Souvenir”. Pero antes de que les analice la canción déjenme que les hable de cómo era la situación en el año 82, pongamos por caso, porque no se lo van a creer. Si digo que era una situación totalmente permeable va a quedar muy bien y va a entenderse hoy como multiculturalidad, cruce de civilizaciones, eclecticismo o un montón de chorradas más. Se me dirá también que esa actitud está a la orden del día. Y no era eso, no era eso. Permeable significa, por ejemplo que mi amigo del alma en aquella época, le flipaban los New Trolls, pero a la vez se compraba un disco de Dire Straits, que era un grupo nuevo, y me robaba mi ep numerado de Los Secretos porque les molaba a sus amigos de Santa Coloma que por otra parte no hacían más que escuchar a Los Chichos. Mientras, en su casa, analizábamos y bailábamos el disco de Greta que se había comprado su hermano, que por otra parte era heavy y se moría por Black Sabbatth. Mientras yo colaba el “Noche blanca en Munich” de Miguel Bosé junto a “Branquias bajo el agua” y mi amigo del alma me hacía recorrer media Barcelona para comprar un disco de unos alemanes que tenía una cara B cojonuda que se llamaba “Antenna”. Y yo aprovechaba también para hacerme con el “Sin Dinero” de Charol y al llegar a casa nos pillaba un compañero de colegio que se había comprado un lp que se llamaba Fans y que salían unos tales Radio Futura que eran cojonudos mientras yo les decía que fueran subiendo porque iba a casa a buscar a los que me he comprado que son Police y tienen el “Roxanne” Y en el colegio corrían los discos que era un contento. Yo fui a una entidad religiosa –que Dios confunda- en la época de los curas obreros y las misas con guitarrita y canciones del Sisa. Y recuerdo –entre curas que nos hacían leer a Marx y otros que llevaban a su señora a los reservados- que se organizaban sesiones de audio forum en los sótanos de una enorme parroquia del desarrollismo. El asunto consistía en bajar un tocadiscos y que alguien devoto te pusiera toda la discografía de Pink Floyd o de Bob Marley. Y al salir iba a ver a una novia que tenía yo en Sants y que forraba toda su habitación de posters de Kiss y a la vez me compraba ella una entrada para ir a ver a Camel, pero que no perdonaba que no le pusiera el “She’s leaving” al llegar a su casa. Ese era el ambiente. Ahora parece que todos estos te pueden gustar a la vez porque ya son clásicos, pero piensen un momento, vendría a ser como si hoy pudieras apreciar a: Camela, Porta, Evanescence, Operación Triunfo, Los Punsetes, Paulina Rubio, Banda Bassotti, Shania Twain, Cantajuego, Santi Delgado y los Runaways Lovers, Postal Service, Merche Corisco y Prin La La todo de una tacada y sin que te cayera la cara de vergüenza. Hoy esto sería imposible. Entonces existía. Pues mi Architecture&Morality se editó en este ambiente y fue pasando de mano en mano hasta que me volvió un día con el troquel absolutamente desgastado. Mejor que fuese así, sobre todo estando dentro “Souvenir”, que es una canción que merece estar rota, a pesar de lo impoluto de su construcción. Una canción que yo me apresuré a difundir sin reparos quizás porque estaba diciendo “esto soy yo”, o “me quiero convertir en esto”, que vienen a ser cosas contrarias. Puntualicemos: “Souvenir” es una canción que impacta. Impacta mucho la primera vez que la oyes. Pero si encima tienes diecisiete años y la pillas justo en el momento en que le toca –es decir, cuando aún tiene esa frescura de algo reciente, cuando aún la electrónica era anuncio de porvenir- es que ya decides directamente “la vida tiene que ser así”. Un inicio incoherente, un riff que es el que deben hacer los angelitos tristones en el cielo, una letra estúpida pero tan explosiva como lo pueda ser un balbuceo, explosiones gregorianas en el estribillo, un video que ya era rancio cuando se grabo. Andy McCluskey y Paul Humphreys se encontraban en estado de gracia y supieron encontrar el esqueleto de la melancolía. Ese estado había surgido algunos años antes, rondando el 78, con puertas abiertas y todo por hacer en Liverpool. En el centro neurálgico y escueto del Eric’s Club –núcleo del mundo en su primer concierto- y en el garaje en que hacían sus propios sintetizadores. Había excitación, germen y abono a la vez de las explosiones pop, y esta excitación supuso por ejemplo que Tony Wilson y Factory Records publicasen Electricity y que Virgin, casi de inmediato, se hiciese con sus servicios y les fuese publicando lps. Fue por entonces cuando actuó el pope. Recuerdo que antes de tener el lp compré el single. Eran unas ediciones que Ariola presentaba mucho más baratas que los singles al uso. El papel se arrugaba sólo con tocarlo y el vinilo también. Pero un marco estrellado anunciaba “100 pesetas”. Por 500 lo hubiera comprado igual, porque barruntaba que una canción, esa especialmente pero muchas más, me podía convertir en esto que soy ahora. Creo que no lo ha conseguido, lástima. La vida es demasiado imprecisa y sus golpes dejan demasiadas marcas como para no estragar la belleza. Y ahí no valen canciones. Pero también estoy seguro de una cosa, quizás más importante. No soy lo que quise ser, es cierto, pero desde luego he evitado lo que no quise ser. Y creo que eso sí, definitivamente, lo han conseguido las canciones. Autor: César Prieto