Todo empezó como un juego. Como siempre empiezan estas cosas. Un grupo de chalaos por la música, los deportes y las mujeres se enzarzan en discusiones bizantinas sobre canciones, sistemas de votación, ordenación, y todas esas fruslerías. Una buena excusa para repasar algunas de las mejores canciones internacional de todos los tiempos . Una lista que, como todas, es subjetiva y sobre la que no se ponen de acuerdo ni siquiera los individuos que la perpetraron...
"There is a wait so long You'll never wait so long Here comes your man"
Vamos por el principio, Pixies sacan el "Doolittle" en 1989, así que yo tendría unos 13 años. Si dijera que este disco me marcó a en mi adolescencia mentiría como un cosaco. Yo por esa época creo que solo tenía el disco de la banda sonora de los "Cazafatasmas", así que no cuela.
Finales del instituto, tenia un compañero de clase que solía ir con una camiseta con la portada del Doolittle, y a mi el diseño de Simon Larbalestier y Vaughan Oliver me tenía intrigado…. ¿Pixies? no dejaba de escuchar de ese grupo por todos lados, hasta Kurt Cobain por esa época llegó a decir que básicamente intentaba a imitar a los Pixies cuando escribió "Smells like teen spirit". Tenía que escucharlos, así que le pedí que me grabara una cinta y me paso el "Doolittle". ¿Y qué puedo decir después de oírla cien veces? pues que me hice fan absoluto de la banda.
"Here comes your man" la había compuesto Black Francis de adolescente, y formó parte en una versión acústica de la famosa "The Purple Tape", pero no llegó a incluirse ni en el "Come On Pilgrim" ni el "Surfer Rosa". Era la canción rara. Y tan rara, el grupo renegó de ella durante mucho tiempo, llegando a negarse a tocarla en sus actuaciones en directo.
Ahora ponte la canción. Guitarra, pausa y uno de los riffs más famosos del grupo (y diría incluso de la historia del pop rock). Tres minutos de melodía y uno de los estribillo más cantados en los bares de cualquier ciudad (sí, tú también lo has hecho). ¿Qué más se puede pedir a una canción que no has dejado de tararear mientras la escuchabas?.
"Show me show me show me how you do that trick The one that make me laugh she said The one that make me cry she said And threw her arms around my neck"
Si digo que “Just like heaven” es la mejor canción de amor de todos los tiempos, pensaréis que soy un exagerado. Sin embargo, si digo que es sin duda una de las mejores canciones de todos los tiempos, seguro que hay más gente que está de acuerdo.
Corría el año 1986 y un adolescente tímido y con la cara llena de granos escuchaba sin parar una cinta que le había grabado un compañero de clase (gracias, Chimo Grañana, estés donde estés). Se trataba de “The head on the door”, que contenía clásicos instantáneos como “Close to me” o “Inbetween days”, y que logró que el que esto escribe jurara amor eterno a Robert Smith y cualquiera de sus trabajos. Un año después, tras el adelanto de “Why can’t I be you?”, salió a la venta el doble vinilo “Kiss me, kiss me, kiss me”, y casi el mismo día de su estreno ya estaba girando en mi viejo tocadiscos.
El disco es un compendio de todos los palos que puede llegar a tocar The Cure, desde canciones bailables, a canciones siniestras, a temas románticos o sensacionales y atemporales temas pop, como el que es motivo de esta reseña.
“Just like heaven” fue compuesta por Robert Smith en recuerdo de un viaje que hizo con la que más adelante sería su mujer, al sur de Inglaterra. La banda de entonces redondeó el tema con aportaciones de todos los miembros (en especial, ese bajo tan melódico y característico de Simon Gallup y esa batería tan protagonista de Boris Williams). Antes de completarse la letra, ya se pudo escuchar la canción como sintonía de un mítico programa de la televisión francesa (“Les enfants du rock”). Sin embargo, hasta que Smith no termina los textos no podemos hablar de una canción perfecta, que narra una hermosísima historia de amor, cuyo video-clip nos ilustra a la perfección.
En uno de los mejores Celebrities de Muchachada Nui, un Robert Smith con acento manchego decía que un día vio un punto brillante en el horizonte que se alejaba y que ese punto era su talento. Siendo más o menos discutible que Robert Smith, el líder omnívoro de The Cure, haya visto reducido su inmenso talento en mayor o menor medida, con el paso de los años, es una absoluta tautología el hecho de que nos hallamos ante uno de los iconos de la música pop que ha atesorado mayor talento en el medio siglo que año arriba año abajo tiene este business.
A todos los que opinan que Robert Smith está acabado, yo les digo que escuchen esta canción y luego... “Vamos Robert, sal a bailar”.
"Sad eyes You are the only one whose Whose blue skies are gray So don't cry You'll be the only one to make them go away yeah"
Todos esperábamos con ganas el disco de Josh Rouse tras conocerle con aquel soleado y brillante "1972". Y su sucesor, "Nashville", cumplió esas expectativas, aunque nos presentó a un Josh Rouse distinto, más íntimo, más pausado. En el disco muestra la amplia paleta de influencias que han marcado su carrera: pop de los 60 hasta los 80, algo de soul, country, incluso new wave. Pero es en los medios tiempos donde el de Nebraska da un paso adelante y muestra todo su talento, en especial, en Sad eyes.
Una delicia de canción, con un dominio prodigioso del tempo y una letra para recordar. Una canción que tanto en su título como en sus estrofas nos remite a una situación triste, a la añoranza de tiempos pasados y mejores; el piano con que se abre refuerza esa sensación de melancolía, junto a una letra que dice:
Southern style Things are slow You're watching all the speeding cars Moving like you wish you could But oh, it's too bad Cause they've drove away your happiness and good times
Pero Josh va introduciendo palabras de esperanza que nos hacen empezar a escuchar la canción de otro modo, percibir que todo lo malo puede quedar atrás y esa esperanza estalla cuando el ritmo de la canción cambia y guitarras y cuerdas (sin caer en la épica) entran a acompañar al piano; es imposible no mover los pies y que no aparezca una risa tonta cuando Josh empieza con aquello de:
Took a lot of tears but all you had to find was Sympathetic years, the ones you left behind
Y ya no hay marcha atrás, la canción avanza inmensa hasta el final y nadie nos puede quitar la sonrisa, nadie puede evitar que pensemos que tiempos mejores vendrán, nadie nos puede quitar la ilusión de ser felices. Y Josh Rouse lo consigue en apenas 4 minutos. Toda una declaración de intenciones, toda una declaración de principios.
ps: A esto le añades la imagen de dos amigos bailando, en el día de su boda, con una sonrisa de oreja a oreja, pues...canción inolvidable. Rafa, Cristina, va por vosotros ;)
"The ice age is coming, the sun's zooming in Meltdown expected, the wheat is growing thin Engines stop running, but I have no fear Cause London is drowning and I, live by the river"
Carallo, estas son palabras mayores, nenos. El London Calling, nada menos. A ver, ¿por dónde empiezo?
A veces da la impresión de que no hay un hogar en el mundo que no tenga, aunque sea grabado, el disco de la foto de Paul Simonon estampando su bajo en el suelo. A veces da la impresión de que, aún así, pocos conocen bien lo que se encuentra dentro.
Es el primer disco moderno del punk, es el comienzo, es el alfa, es la primera piedra del camino de las baldosas amarillas. En London Calling empieza la música del siglo XXI. A mí me llegó en plena época rockabilly, y me valía. A otros les llega tras explotar a Nirvana, y les vale. A otros tras la disolución de Pavement, y les vale. A otros durante la gira de reunión de los Pixies, y les vale. Todo está en ese disco. Todo está en esa canción.
London Calling está aquí, y la guerra está declarada. Responded a eso, nenos.
Daba por hecho que la reseña de “A day in the life” iba a ser la excusa para establecer una lúcida exposición erudita sobre la gestación y virtudes de una canción. De la canción, mejor dicho, porque fuera de clasificaciones y números creo que “A day in the life” representa todo lo que pueden dar de sí cuatro minutos –o infinitos, el final del surco se retuerce en bucle y no deja de sonar- de puro azar y perfección. La letra críptica y transparente, el sonido del despertador que no consiguieron borrar de la mezcla definitiva, las caretas que los cuarenta músicos llevaron para atenuar la seriedad, los bandazos en la melodía. Creo que es el punto justo de tensión entre clasicismo y experimentación. No hay nada que desentone, pero nada se entiende; las melodías son luminosas, pero se agotan como si estuvieran muriendo. Nunca podremos apreciar hasta lo hondo la magia de una canción llena de dolor y desasosiego, de absurdo y de esperanzas destruidas. Una sinfonía que se ha roto y no se puede recomponer.
Yo debería hablarles de todo esto, pero seguramente Mark Hertsgaard en A day in the life –que precisa día a día como fue surgiendo el tema- o George Martin, que en El verano del amor nos hace asistir a la gestación de todo el disco, lo harán mucho mejor. Yo de los que voy a hablarles es de cómo conocí a los Beatles, es decir, de la epifanía, es decir, del momento en que descubres que algo externo puede decirle al corazón aparta y latir por él. Y ese algo fue una tarde destemplada de invierno, la recuerdo perfectamente, como recuerdo que nos toco subir unos escalones hasta el aula de música, que no era sino un desván en el que habían instalado un tocadiscos. Yo sentía una leve curiosidad, apática, quería escucharlos pero no creía que me dijeran nada nuevo. Eran viejos ya. Y yo había descubierto el punk. Escuche antes a los Sex Pistols que a los Beatles. ¡Viejos! Santa ingenuidad. De que los Beatles sacaron el primer disco al 78 que los escuché han pasado menos años que desde que Los Planetas sacaron el primero al día de hoy. Y a ver quien se atreve a decir que los Planetas son unos viejos que no aportan nada.
Y entonces sucedió, el profesor colocó la aguja y empezaron a sonar guitarras, no recuerdo las canciones exactas pero sí que se centró en los primeros discos, “Love me do” quizás, “I wanna hold your hand” creo recordar. Y yo, boquiabierto, no comprendía como un código –el musical y el lingüístico- desconocido para mí podía arrebatarme tanto. Arrebatarme en el sentido religioso. De inmediato rompía la hucha –o espere al cumpleaños cercano, no lo se- y fui a Discos Castelló. Era una época en la que empezaban a surgir las primeras tiendas de discos con material más que decente, porque hasta la fecha uno debía acudir a grandes almacenes o a una sección arrinconada en tiendas de electrodomésticos. Sin embargo yo, catorce años, sólo conocía Castelló de mis paseos hacia la Biblioteca de Cataluña. Desde luego no había autoservicio, sino un pequeño mostrador en el que le pedías al dependiente exactamente la referencia que tú querías. Creo que nunca he sido tan feliz en mi vida como llegando a casa con mi soledad en los discos.
Sin saber absolutamente nada, al llegar al doble azul me paralizaron los primeros acordes inseguros de una canción, una voz que cantaba como sin pensar, un pequeño estribillo agudo que se iba adelgazando, adelgazando,... Parecía una canción construida con retales, hasta en el incomprensible para mí, entonces, crescendo final. Una canción que estaba a punto de alcanzar el centro neurálgico del dolor, del desamparo. O quizás ya lo hubiera hecho pero el oyente no lo sintiera. Tiempo después, bibliografía al canto, ya supe todas las claves, interpreté versos y sonidos, pero nunca he sabido desprenderme de esa sensación de que una canción puede enamorarme y a la vez decirme muchas más cosas de las que me está diciendo. A veces, The Jam, The Smiths, vuelve a suceder. Y entonces todo vuelve a ser luminoso.
Para qué vamos a engañarnos: yo era "moderno, con matices siniestros". Moderno en esa época –primeros 80- significaba básicamente "sintetizadores". Y lo otro significaba que las únicas guitarras que escuchabas eran las de grupos oscuros como Joy Division, Echo & The Bunnymen, The Sound o The Church. El punk era apenas algo pasado y rancio que escuchaban los equivalentes de entonces a los perroflautas actuales. Algo especialmente desaseado y aburrido. El punk-pop no sabíamos aún ni lo que era. De la New Wave oíamos campanas que identificábamos parcialmente y con dificultad, gracias a la insistencia de algunos grupos españoles en recrearla aquí.
Afortunadamente, no se había inventado internet. Afortunadamente, las tiendas de discos de segunda mano ya existían. Afortunadamente, la combinación de ambos factores te permitía equivocarte.
Por equivocación (supongo que quedaría mejor hablar de mi voraz compulsión y curiosidad musical, blablabla, pero supongo que debió ser por desconocimiento, por una supuesta conexión nuevaolera o porque costaba cinco duros de entonces) un día aparecí por casa con una copia de "Hypnotized", de unos tales The Undertones. (1)
Lo que sí recuerdo es que me enganché a una de las canciones del disco. Años y años. Le saqué la letra como pude y berreaba por casa aquellos pareados de "My perfect cousin/what I like to do he doesn't/He's his family's private joy/his mother little golden boy". Para ser sinceros, y como seguía siendo un tío lleno de prejuicios, mientras la estantería se iba llenando de discos de synth-pop, de new romantics y de guitarrazos épicos recargados, nunca me preocupé de averiguar quiénes, de dónde o qué eran aquellos tales The Undertones. Pero "My perfect cousin" se mantuvo en mi cabeza años y años, y acudía a ella (junto a dos discos igualmente calificables de pulpos en garaje en mi discografía de entonces, uno de XTC y otro de Tempole Tudor) cada vez que necesitaba una inyección de vitamina espiritual.
Pasaron los años, me hice mayor, abominé de la música y volví a ella, esto último a lo largo de un periodo de 10 años. Seguía recordando palabra por palabra la letra de "My perfect cousin". Pero ya no tenía prejuicios.
Y, siempre curioso y siendo fan de la época en que crecí, a la vez que me ponía al día de la actualidad decidí volver la vista hacía todo lo que –suponía, y suponía bien- me había perdido en su/mi momento.
Y allí estaba esperando, fresca como el primer día. En el instante en que escuché "Teenage kicks" olvidé para siempre la letra de "My perfect cousin". Y de muchas otras canciones que me servían para elevar el estado de ánimo. Nunca me he arrepentido de no haberla escuchado en su momento. No me hacía falta: entonces yo ERA adolescente. Pero encontrar cuando ya eres mayor algo que te devuelve de golpe, ni que sea durante dos minutos y medio, todo el sentimiento de esa adolescencia es una experiencia mucho más plena y difícil de hallar. Más triste también, eso es verdad.
Por eso entiendo que fuera la canción favorita de alguien que llegó a escuchar tantas como John Peel: era un adolescente perpetuo, un idealista nostálgico, alguien que no comprendía el paso del tiempo. Como yo.
Por eso entiendo que quisiera que en su lápida grabaran como epitafio parte de la letra: "Teenage dreams, so hard to beat".
Los sueños adolescentes nunca se desvanecen. Ni siquiera aunque se cumplan. Y "Teenage kicks" no se olvida una vez la has escuchado.
(1) Por cierto, que según consta en su web oficial, no existió edición española de ese LP, el segundo de la banda, así que http://www.blogger.com/img/blank.gifvaya Vd. a saber si lo traje de Inglaterra en viaje de estudios, no logro recordarlo exactamente.
"We can't go on together With suspicious minds And we can't build our dreams On suspicious minds"
"Suspicious minds" no parece una gran canción. La melodía es bonita, pero hay miles de canciones con bonitas melodías. La letra es de lo más normalita, habla sin especial profundida ni grandes imágenes poéticas de la desconfianza en una relación de pareja. Y Elvis canta bien. Claro, cómo iba a cantar mal, es Elvis, aunque tampoco estaba en su plenitud cuando la grabó. De hecho, fue su último número uno en Estados Unidos y el principio de su cuesta abajo, aún apenas entrevista y no imaginada.
Lo repito; "Suspicious minds" no parece una gran canción. Lo reafirma el dato de que su autor original, Mark James, un cantautor de Memphis de cierta popularidad, fuera completamente ignorado cuando la grabó y publicó en 1968 –un año antes que Elvis- sólo para verla pasar y hundirse sin pena ni gloria alguna entre la indiferencia general.
Entonces... ¿por qué hoy día recibe calificativos como "memorable" y suele aparecer en casi todas las listas de mejores canciones de la historia? ¿Por qué es la canción favorita de tanta gente? ¿Por qué toca la fibra y el corazón? Pues no tengo ni la más mínima explicación científica, ni siquiera mercadotécnica (y eso que la canción es lo que podríamos llamar un "late blossom", un florecimiento tardío, no hace tantos años que se recuperó para el imaginario popular, a raíz de la re-edición conjunta de los números 1 de Elvis).
Pero sí puedo aportar un par de pruebas de primera mano, experimentadas ambas varias veces, de que aunque no lo parece "Suspicious minds" ES una gran canción.
La primera: pinche Vd. en una fiesta llena de gente de gustos musicales y procedencias culturales y geográficas diversas, hágales sudar, que se cansen, que lleguen al límite de sus fuerzas. Y cuando, muy tarde ya, le vayan diciendo que vaya cerrando el chiringuito y vea a los irreductibles apenados, sin ganas de irse, con deseos de ser felices un ratito más... pinche "Suspicious minds". Hay que vivirlo, lo digo en serio.
La segunda: cántela. No en el lavabo o sobre el disco con la voz de Elvis. En serio. Que alguien se la toque (la canción, digo) y trate de cantarla. Aparte de que verá que no es tan fácil como parece, cuando se le erizen los primeros pelos del cogote entenderá un par de cosas.http://www.blogger.com/img/blank.gif
(PD corta-rollo pero necesaria): "suspicious" no significa "sospechosas", sino "suspicaces". Hartito me tienen con lo de "mentes sospechosas"...