Todo empezó como un juego. Como siempre empiezan estas cosas. Un grupo de chalaos por la música, los deportes y las mujeres se enzarzan en discusiones bizantinas sobre canciones, sistemas de votación, ordenación, y todas esas fruslerías. Una buena excusa para repasar algunas de las mejores canciones internacional de todos los tiempos . Una lista que, como todas, es subjetiva y sobre la que no se ponen de acuerdo ni siquiera los individuos que la perpetraron...
álbum: The Rise And Fall Of Ziggy Stardust And The Spiders From Mars
año: 1972
sello: RCA
"Let the children lose it
Let the children use it
Let all the children boogie"
Ya ha llovido mucho desde aquel día nebuloso de 1972. La radio estaba llena de grandes melodías que buscaban explotar, pero sólo cuando aquella canción atravesó las ondas, más rápida incluso que la luz, supimos lo que querían significar, la razón por la que todas ellas estaban allí, acompañándonos durante aquellas noches ociosas y vacías. Ese día aprendimos el significado real y la esencia misma de la música: debíamos perderlo, debíamos usarlo y debíamos interiorizarlo para sentirlo... Entendimos que la libertad era libertad para sentir, que la educación era enseñar a entender lo que dicha libertad suponía, y que la sociedad debía dejarnos todo el espacio para que aprendiésemos todo eso por nosotros mismos. Era la única manera válida, y la música, aquella música, iba a guiarnos intensamente a lo largo del camino. Tenía que venir algo de una naturaleza diferente a la nuestra, como Hal9000, el ordenador de “2001. Una odisea en el espacio”, como Ash, el androide de “Alien”, como Roy Batty el replicante de “Blade Runner”, para explicarnos lo que debíamos hacer para entendernos mejor. Para vivir más plenamente.
¿Dónde estás ahora, hombre de las estrellas? ¿Acaso nos has abandonado? ¿Has dado por fútil e imposible aquella búsqueda? La música ya no respira libertad, ya no nos ayuda a encontrarnos, sino que nos marca patrones, estéticas a imitar, falsos líderes a los que seguir... es cierto. Pero siempre nos quedarán tus melodías, tus riffs, esos sonidos que siempre serán tuyos y que el olvido nunca podrá invadir. Recordaremos que en un tiempo fue posible soñar, y entonces soñaremos con otros tiempos en los que imaginar la vida era algo posible.
Te necesitamos hombre de las estrellas. Escasas fueron tus palabras, más suficientes. Concisas tus enseñanzas, pero clarificadoras. No nos puedes culpar por todo lo que ocurre ahora. Simplemente, nos hemos equivocado. Nadie puede condenarnos por equivocarnos. Todo esto, a fin de cuentas, es parte del plan. Podía ocurrir. Está incluido en el proceso de aprendizaje. “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad” dijeron las arañas que te acompañaban, antes de esconderse bajo espesos mantos de polvo. Entonces, de algún modo, nosotros somos también un poco tu responsabilidad. No nos abandones, por favor.
Nos han usado, nos han vapuleado, y están a punto de perdernos. Sabes que nuestro momento está a punto de llegar. Tan sólo hará falta que cantes una vez más aquella melodía. Y aunque ya la perdimos una vez, la usaremos una ocasión más, y la bailaremos, y la esperanza nos llenará con el anhelo de que, después de todo este viaje, al menos, hayamos aprendido aunque sea, una sola cosa: tendremos que aprender a construir nuestra propia nave espacial.
"As time goes by I know it's gonna happen I know it's going away Gonna take its toll, gonna take its toll Gonna take my time"
Más allá de sus increíbles discos y sus maravillosas canciones, siempre admiré a Yo La Tengo por una cosa: su manera de entender el rock tan honesta, rompiendo tópicos de la manera más natural posible, y su amplísima amplitud de miras en lo que a influencias se refiere, a pesar de haber sido metidos en el saco de un movimiento musical en su momento tan sectario como fue la música indie.
Veamos:
Para empezar, son tremendamente feos. No cumplen ninguno de los cánones estéticos adecuados para pertenecer a la industria musical.
Entre su formación hay un matrimonio (de hecho, son mayoría en el grupo), pero la banda lleva más de veinte años sacando discos con frecuencia, pero no solo eso, sino que también acomete unido proyectos paralelos, como esos irreverentes Condo Fucks, o aquella banda sonora para documentales submarinos.
Son capaces de sacar en un mismo disco canciones que jueguen con el garage, el noise, el funk, el soul, el rock, el pop... y que para colmo no chirríe.
Si quieren se cascan una delicia pop de dos minutos, y al siguiente corte, se explayan en 9 minutos de tensión eléctrica.
No tienen ningún problema en reírse de ellos mismos, como han demostrado en los videos de “Sugarcube” o de este mismo tema que nos ocupa, “Tom Courtenay”.
Su puesta en escena es sobria, pero no exenta de sorpresas. Llamo al recuerdo aquel bailecito cuando tocaban “You can have it all”, o cuando terminaban los conciertos haciendo una especie de fila, mientras paseaban por el escenario aporreando sus instrumentos.
Sus discos no ofrecen abiertamente un concepto o un objetivo artístico. Son colecciones de canciones, y éstas son las que dictan la actualidad del grupo.
No parece que el concepto éxito sea un objetivo en su carrera musical.
¿Os he dicho ya lo feos que son?
No se cortan en hacer conciertos de más de dos horas, en improvisar canciones sobre el escenario, tocar versiones en la radio por teléfono o atender a las peticiones del público. Después de una carrera tan longeva, la frescura sigue siendo una de sus señas de identidad.
Todo esto permite que su música llegue de una manera mucho más directa, sin obstáculos, sin esas coartadas artísticas tan manidas por la mayoría de los grupos de hoy que los acaba dejando como ingenuos adolescentes o flagrantes caraduras. Sabiendo que en la variedad está el gusto, que su potencial se apoya en el cóctel de géneros, que no hay que elegir: melodía, ritmo y ambiente, todo esta bien... Así han forjado una carrera casi impecable, y así llegaron canciones como “Tom Courtenay”, un buen ejemplo de todo lo dicho: aquí hay ruido, electricidad, intensidad, pero también una melodía hipnótica, unos parapapás que en su momento descolocaron a más de uno, y un final que se difumina entre acoples y distorsión.
El cuarto corte de “Electr-o-pura” trata precisamente de la atracción fatal por el “star-system”, esa fábrica de sueños que ha dado lugar a tantas pesadillas, esa colección de tópicos que han alimentado la vida de cientos de personas bajo una fachada engañosa, falsa, tramposa, y en ocasiones, peligrosa, incluso para aquellos “privilegiados” que la integran., pero que al mismo tiempo ha llenado huecos en muchas ilusiones faltas de base sobre la que construirse. Una negra fábula tras la que se esconden los Beatles (también juegan con The Fab Four en el videoclip correspondiente), una referencia que, como poco, da mucho que pensar.
Yo La Tengo fueron, son y serán la fábrica de sueños de Hoboken. Pero sus ensoñaciones están hechas de la madera del hombre de a pie, de aquel que conoce sus limitaciones, pero que libera sus anhelos y deseos, que se emociona con el contacto y que disfruta de la realidad, sabiendo que ésta es más auténtica cuando se alimenta de humor, de fantasía, de crudeza, y sobre todo, de intensidad. A flor de piel. Al alcance de la mano.
"Mercy Mercy Me / Things ain’t what they used to be"
El otro día estuve en una ponencia sobre marketing. Es impresionante cuánto se puede hablar de vender sin necesidad de mencionar el producto a comercializar. Al final dijeron algo interesante. Algo así como: “El objetivo es fidelizar a tus clientes, y para ello, tienes que conseguir que lleguen a amarte”. Curiosa afirmación en pleno año 2009. Hace 4 décadas, Berry Gordy, capo de la Motown, dijo que soñaba con que sus discos fuesen “música que alcance los corazones, las almas, y las billeteras de todas las personas”. La cuestión es que este mismo visionario del marketing (¿?¿?) estuvo a punto de negarse a grabar el que a la postre ha sido el disco que mejor representó este sueño. “What’s going on” hablaba de guerras, de ecología, de problemas sociales, y pensó que eso no le importaría a nadie. Pero no tuvo en cuenta el mensajero de que disponía para tal arenga.
No cabe duda que lo que se menciona en “Mercy Mercy Me” (subtitulada, “The ecology”) tiene una actualidad apabullante. Pero hay algo en los constantes mensajes ecologistas que últimamente inundan no solo el televisor, sino también la música (ese buenrollismo ilustrado) y el cine (numerosos documentales últimamente se han estrenado en la gran pantalla referentes al deterioro del planeta, y el desarrollo insostenible que la población mundial está llevando a cabo) que hace que no funcionen tal y como deberían. Parecen una cuota, impresionante y epatante en algunos casos, sí, pero acaban convirtiéndose en una dosis de concienciación que sus espectadores acaban percibiendo con cierta distancia: como si las ballenas fueran algo que solo se puede ver gracias a las nuevas tecnologías, como si ellos no fueran los que dirigen las compañías multinacionales, como si África fuese un universo paralelo a miles de kilómetros de distancia o el ozono algo incomprensible relacionado con la química.
Aquí, más allá de la letra, más allá de esa proclama racionalizada, el que llega al fondo, el que hace amar al mensajero, el verdadero vehículo que transmite la esencia de tan incómoda verdad, es la música. La grandeza de la música de Gaye, esa que desde entonces siempre estuvo manchada por la tragedia, es la intimidad que despide, ese acercamiento al oyente que parece que te abraza, que te susurra, con la mezcla de melancolía, energía, fuerza y candor que tan solo los más grandes del soul pueden transmitir. Y entonces, la primera vez que escuché esta canción, es cuando sentí cada pelo de mi cuerpo como un árbol, un jardín en cada poro, cada curva como un accidente orográfico, el calor que hay dentro de él, y me sentí ajado, herido por el paso del tiempo, por mi propio entorno, por todo lo agresivo que me rodea. Una mezcla de felicidad por estar vivo y de amargura de verme morir. No, las cosas ya no son lo que eran. Ya no veo el mundo tamizado de miles de colores, la esperanza ya no brilla con la misma intensidad, el sentimiento de soledad crece cuando la ciudad en la que vivo cada vez cuenta con más habitantes. Al menos, en estos momentos, hay una certeza que enciende mi trémulo corazón: te quiero, Marvin.
"From the moment I could talk I was ordered to listen There's a way and I know that I have to go away"
Muchas veces pienso que si Cat Stevens no ha pasado a formar parte de ese limbo de grandes cantautores, en el que descansan grácilmente artistas como Bob Dylan, Leonard Cohen o Neil Young, es porque nunca jugó con la cara más oscura de la vida. Éstos siempre desenfocaron los límites de lo razonable, descubrieron a aquellos que habitan los huecos de la sociedad y los hicieron protagonistas de sus historias, hasta el punto, en algunos casos, de convertirse ellos mismo en pobladores habituales de sus propias narraciones. Lo de Steven Demetre Georgiou es más la poesía de lo cotidiano, el despertar de esos sentimientos que reconocemos tanto como humanos, de esas condiciones que nos hacen diferentes y maravillosos, en toda su extensión, desde la melancolía a la euforia, de la tristeza a la resignación, del odio a la ira, de la felicidad a la duda, siempre celebrando esa fiesta que es vivir, en una auténtica orgía vitalista.
En el DVD editado hace apenas cinco años "Majikat", que recoge un concierto de su gira de 1976, se puede apreciar la increíble intensidad con la que Stevens entendía la música, como ésta filtraba por todos los poros de su cuerpo dando forma a un éxtasis que pone los pelos de punta. Esa es la demostración más clara, el momento clarividente en el que deja vislumbrar cómo, dentro de su discurso despoblado de iconos, la honestidad, la falta de prejuicios, y su obsesión por vivir (léase con mayúsculas), convertían un lenguaje musical que aparecía como amable y falto de ángulos, en un dechado de amor por la vida, concebido en toda su plenitud, y hacían de él un compositor único e irrepetible, un verdadero outsider en un panorama lleno de genios hinchados de LSD y fantasías ultraterrenales.
"Father and Son" es el más claro ejemplo de eso. El diálogo de un padre y un hijo que pone al descubierto los errores y aciertos de cada uno, que desvela ese camino que irremediablemente hemos de recorrer y al que hemos de llegar, piedras en las que tropezar, derrotas que celebrar, triunfos que rememorar. El padre, que ya ha sido golpeado por la vida en múltiples ocasiones, descubre la urgencia juvenil de su hijo, su necesidad de crecer, y le pide calma, paciencia para no cometer esos fallos que él mismo sufrió, que no se deje llevar por unos impulsos y unos sueños que con el tiempo desaparecerán. La voz de la doble y dolorosa certeza: la de que el chaval necesita llevar a cabo esos pasos por sí mismo, y la de que los errores serán similares llevándole a sufrimientos parejos. El hijo siente la vida abriéndose como millones de posibilidades que experimentar, y siente la necesidad de saltar más allá, de liberarse de esa guía al mismo tiempo sabia y aleccionadora erigida en la figura del padre, de trazar su propia libertad, de equivocarse, de explotar en toda su ansia de vivir. Este diálogo Stevens lo representa con su habitual sutilidad acústica, interpretando con voz grave al padre, y con subidas de intensidad y tonos agudos, al hijo, llegando un climax final en el que un coro responde a cada una de las voces.
Sí, es simple. No, no hay tragedias (al menos explícitas). No hay mensajes aleccionadores. Hay una composición excelsa que demuestra que la vida no hay que explicarla, que se representa por sí misma, que solo hay que saber leerla, y disfrutar de cada una de sus diferentes estaciones. Una demostración de sentimientos encontrados, intereses enfrentados, caminos cruzados, una lectura vital sin prejuicios ni cortapisas, sin presupuestos, con un único límite: el tiempo que nos queda. Todo esto expresado con una sensibilidad exquisita, una intensidad emocionante hasta la lágrima, una clarividencia que no pertenece a los genios, sino a los vividores. Porque Cat Stevens nos presenta a sus “vividores” como aquellos que entienden su periplo necesariamente como alegría y dolor, sufrimiento, tristeza, algarabía, preocupación y despreocupación, equivocarse y acertar y volverse a equivocar, soñar y razonar, sin que deba faltar ni uno solo de sus ingredientes. Qué mejor receta para sentirse vivo por uno mismo, y no por contraste con los que no pueden (o no han sabido) cocinar tal menú.
"I've seen the needle and the damage done A little part of it in everyone But every junkie's like a settin'sun"
La música, más allá incluso de los autores e intérpretes que la han hecho viva, siempre ha jugado con la autodestrucción. El rock’n roll creció bajo unas premisas de urgencia y fugacidad y dio lugar a unas máximas que, desde cierta cordura, resultan inaceptables. Los personajes autodestructivos, los perdedores que buscan desperdiciar sus cartas de la manera más truculenta posible, han sido objeto de admiración por imberbes en plena explosión rebelde y sesudos intelectuales en distante estudio psicológico y antropológico. Algo así como un veterinario visitando un zoo, vamos.
Neil Young sabía cuando escribió “The needle and the damage done” que muchos lo iban a juzgar por moralista (en la recopilación “Decades” incluía unas notas al respecto de la canción que rezaban “I am not a preacher, but drugs killed a lot of great men.” – No soy un predicador, pero las drogas mataron a muchas grandes personas), que su posición iba en contra de los cánones del rock y que su música se iba a considerar menos “transgresora” por adoptar este tipo de mensajes. Pero al igual que hoy en día ser honesto es todo un dechado de actitud punk, lo de Young fue un auténtico acto de lucidez y rebeldía. Porque las reglas mandaban que la autodestrucción y la heroína eran el camino, y el decidió no seguirlo. Y sobre todo, porque Young se sentía vivo, y sentía la pena de haber visto morir bajo los efectos de la aguja implacable a Danny Whitten (guitarrista de Crazy Horse) y Bruce Berry (roadie de Young durante sus giras con su banda). Esa melancolía pronfunda, esa tristeza del que ha visto a un hombre apagarse lentamente y morir consumido como un cigarrillo abandonado en un cenicero de papel de plata, está presente en cada cuerda que rasga Young en los apenas dos minutos que dura la canción. A pecho descubierto, de la forma más directa y honesta que por entonces conocía un músico.
No era una cuestión de moral. Era una cuestión vital. No era una cuestión de miedo, sino de respeto. Hay mucho de arrebatador y pasional en esos personajes autodestructivos, sumidos en un mundo de drogas y patetismo (el ejemplo más cercano podría ser Nacho Vegas). ¿Cuál es el mito? Sin duda, en este caso, el autor o intérprete subyugado a su propia necesidad de crear. Entonces, compraremos una nueva entrada para acudir al mayor espectáculo del mundo, nos sentaremos bien arriba en la grada, para tener una visión panorámica de la pista central, y aplaudiremos fervorosamente cuando el trapecista falle el triple mortal sin red.
"Said the hero in the story 'It is mightier than swords I could kill you sure But I could only make you cry with these words'"
No cabe duda de que Belle & Sebastian han sabido reinventarse inteligentemente con el tiempo, y sus últimos discos mantienen una notable dignidad, completamente disfrutable. Pero, seguramente, “If you’re feeling sinister” no se volverá a repetir. Con Stuart Murdoch cantando como los ángeles, con una delicadeza y una sensibilidad de la que siempre ha disfrutado, pero que aquí alcanza niveles excelsos, “Get me away from here I’m dying” es el tema que representa perfectamente porque hoy los escoceses son una de las bandas más importantes de los últimos 15 años. La letra de Murdoch presenta una mezcla de ironía, romanticismo y desencanto que da a la canción una increíble cantidad de niveles de lectura, según el estado de ánimo. Unas palabras, que como él bien escribe al final de la canción, pueden hacernos sonreir, pensar y son las únicas capaces de hacernos llorar. Y sobre todo, las melodías, los arreglos, todo funciona perfectamente en una canción que está interpretada como si fuera a quedarse en el cajón de los recuerdos (el disco entero está tocado con escobillas y eminentemente guitarras acústicas) y que finalmente ha acabado con un sitio de honor en el escaparate de la memoria.
Hay muchos que critican a Belle & Sebastian por blandos. Otros por ñoños. Otros simplemente por llevar la contraria. No importa. Las melodías, la sutilidad y las palabras están por encima de lo abrupto, lo impuesto por la fuerza, la misma violencia. O al menos eso quiero creer. Me gustaría pensar, con esa mezcla de ironía, ingenuidad y tristeza que destila Murdoch en este tema, que las palabras tienen una fuerza mil veces superior al de las “espadas”, los rifles, las bombas. Apostar por su abrasadora potencia capaz de despertar todos los sentimientos más arrolladoramente humanos (la mayor potencia que sin duda hay en el mundo), e incluso de acallar el más traicionero de todos: el miedo.
Sáquenme de este mundo. Que se pare. Yo también quiero irme de aquí. Que alguien diga algo.
"Oh, can't anybody see, We've got a war to fight, Never found our way, Regardless of what they say."
¿Qué ha sido del trip-hop? ¿Se ha convertido en una etiqueta más para limpiar los mocos que se ha querido tirar algún que otro sabiondo del tema y que ya está en la basura? ¿Acaso no sigue siendo, y cada vez más, el hip hop una influencia para muchos estilos, hasta el punto de acercarse a esos ambientes sulfurosos y nublados del estilo en cuestión? ¿Acaso lo engulló el chill-out? Al final, como siempre, quedan los grupos, y en este caso, principalmente son Tricky, Massive Attack y Portishead, (y algunos más) cada uno con su personalidad distintiva.
De la banda de Geoff Barrow, Adrian Utley y Beth Gibbons se podrían haber escogido otras canciones más representativas. Tanto de su sorprendente y hechizante primer disco (“Glory Box”, “Wandering Star”, “Sour Times”…) como de su fantástica continuación (“All mine”, “Only you”…). ¡Todas! Pero “Roads” es una de esas canciones que, una vez superados los singles, las canciones redondas, y los ganchos de discos tan adictivos, descubren que en esos temas menos sorprendentes a primera vista es donde se queda toda la esencia. Sí, “Roads” es una canción de pérdida, de soledad, de abandono. Pero esto es música señores, y lo importante no es el qué, sino el cómo.
La autocompasión puede ser una losa repelente para este tipo de canciones sobre el olvido. Buscar lo penoso de uno mismo para dar pena a los demás. Las canciones de desamor nunca deberían ser así. Deberían hacer sentir en los huesos del oyente lo que es ese proceso tremendamente doloroso, conseguir que cada uno reviviese su particular episodio vital con una intensidad que pareciese estar reviviéndolo de nuevo, pero desde una butaca privilegiada. Duele, pero después solo tengo que apagar la radio.
Pero aunque nunca en tu vida te hayas sentido solo, cuando escuchas “Roads” entiendes lo que significa enfrentarte a una situación que no eres capaz de comprender, ni explicar, que te abruma y te rompe, pero que conforma un camino que se ha de recorrer indefectiblemente. Beth Gibbons nunca habrá sentido tanta desesperación, ni se la habrá hecho sentir a tanta gente, como cuando se desliza por los versos de este tema. Y cuando entran los violines, sientes un cuchillo que te atraviesa el pecho, y que te libera, que te expande, que te cura. Eso es música, señores.
"A felicidade do pobre parece a grande ilusão do carnaval A gente trabalha o ano inteiro por um momento de sonho Pra fazer a fantasia de rei ou de pirata ou jardineira Pra tudo se acabar na quarta-feira Tristeza não tem fim, felicidade sim"
La bossa nova es sin duda uno de los estilos que más admiro, de los nacidos el siglo pasado. Su capacidad de aunar pop y jazz, exotismo y poesía, la convierte en una exquisitez propia de los grandes gourmets. "A felicidade" es excelsa en todas estas características. Jobim se encargó de esos acordes con denominación de origen, de una armonía con pedigree, y Vinicius se dedicó a poner su poesía universal en ella, esa con la que era capaz de reflejar la belleza de la cotidianeidad y lo excepcional de vivir sin necesidad de grandilocuencias ni épicas de otros siglos, conectando con los de arriba y con los de abajo. Pero lo que hace de "A felicidade" mucho más que un ejercicio de estilo es que disfruta de una magia única desde su propio alumbramiento. Me explico.
Año 1970. De Moraes comienza a colaborar con Toquinho, y se une a Maria Creuza para registrar en la conocida sala bonaerense La Fusa algunas de sus nuevas composiciones. La grabación comienza con una celebración de la copa del mundo de fútbol recientemente ganada por los brasileños ante Italia, en Méjico, y justo después, podemos escuchar las primeras líneas de "A felicidade". Después de tres minutos donde melancolía y belleza evocan la grandeza de la samba y el carnaval, el corazón de los allí asistentes se debió parar unos cuantos segundos para pensar lo que acababa de pasar. Y es que tras ese título aparentemente optimista, se esconde una propuesta más compleja pero llena de vitalidad: el valor de la felicidad por su excepcionalidad, por su fugacidad, por ser ese elemento que es capaz de equilibrar las injusticias más mundanas, y al que hay que agarrarse como clavo ardiendo, ya que, como reza ese estribillo que con gran emoción cantan Vinicius, Toquinho y la Creuza a una voz, como si su vida dependiese de ello: "la tristeza no tiene fin, la felicidad sí".
Sentimientos universales reflejados con maestría, que convirtieron esta canción en un clásico allí, en aquel momento, subidos al escenario sus intérpretes. Por eso hoy "La Fusa" es un disco mítico, por ser la más afortunada y aproximada recreación a lo que fue aquel momento. Casi al final de aquel concierto, interpretaron "A tonga da mironga do kabulete" (una expresión de origen africano, que cabría perfectamente al final la frase: "Mandémoslo todo a..."), momento en el que, mientras Toquinho improvisaba, Vinicus saludaba a todos los grandes de la música brasileña con ese "“Bon voyage" a la brasileña: "Saravá!". Saravá, Vinicuis, saravá.