Todo empezó como un juego. Como siempre empiezan estas cosas. Un grupo de chalaos por la música, los deportes y las mujeres se enzarzan en discusiones bizantinas sobre canciones, sistemas de votación, ordenación, y todas esas fruslerías. Una buena excusa para repasar algunas de las mejores canciones internacional de todos los tiempos . Una lista que, como todas, es subjetiva y sobre la que no se ponen de acuerdo ni siquiera los individuos que la perpetraron...
"There's far too many of you dying You know we've got to find a way To bring some lovin' here today - Ya"
A mi antes no me gustaba la música negra. Me aburría el rap, el funk me daba risa y no aguantaba más de cinco minutos de jazz. Ni siquiera sabía lo que era el soul. Y en eso conocí a una chica a la que le encantaba Marvin Gaye. Ella no me hacía caso pero eso no me desanimó. Todas las señales me desaconsejaban que me enamorara de ella, pero aun así me enamoré. Un amor no correspondido, tan del gusto del joven torturado que me encontraba cada mañana mirándome en el espejo.
A ella, como decía, le encantaba Marvin Gaye. Le encantaba tanto que me grabó una cinta con el disco "What's going on" por cara y media y completada con canciones en directo de Marvin Gaye. ¿Así que esto es el soul? Pues vaya. Resulta que sí sabía lo que era el soul. Música de negros salidos. Como Barry White... ¡Pues vaya! Sentirme rechazado tampoco influyó en que me entrara la música del tío Marvin a la primera... Sin embargo, la derrota se hizo esperar. Me las di de listo (me las sigo dando de listo) y dije que el disco no estaba mal, pero que me gustaban más otras cosas. Pero, poco a poco, fui dándole más oportunidades a la cinta, como soñando que si aquellas canciones tan dulces me llegaban a gustar, aquella chica que me gustaba llegaría a aceptarme...
El tiempo pasó, mis gustos evolucionaron, aprendí quién era Marvin Gaye, me enteré de que ya había muerto, asesinado por su propio padre, me enamoré de esas canciones, conocí las historias que me contaban y supe que no hablaban de sexo, sino de amor, de paz, de la injusticia de la guerra y la pena de las drogas, me compré el CD dos o tres veces, leí más sobre el mejor cantante de soul de la historia, aprendí a respetar la música negra (sí, el rap, el funk y el jazz también), vi que "What's going on" salía en varias listas de los XXX mejores discos de la historia...
Aquella chica no se enamoró de mi. Pero hoy sigue siendo mi amiga, una de mis mejores amigas. Y tengo que agradecerle que me grabara aquella cinta.
Youtube: Un extracto del DVD "Real Thing: In Performance 1964-1981", con una soberbia actuación en directo para la TV de "What's going on?" enlazada con "What's happening brother?"
"Mercy Mercy Me / Things ain’t what they used to be"
El otro día estuve en una ponencia sobre marketing. Es impresionante cuánto se puede hablar de vender sin necesidad de mencionar el producto a comercializar. Al final dijeron algo interesante. Algo así como: “El objetivo es fidelizar a tus clientes, y para ello, tienes que conseguir que lleguen a amarte”. Curiosa afirmación en pleno año 2009. Hace 4 décadas, Berry Gordy, capo de la Motown, dijo que soñaba con que sus discos fuesen “música que alcance los corazones, las almas, y las billeteras de todas las personas”. La cuestión es que este mismo visionario del marketing (¿?¿?) estuvo a punto de negarse a grabar el que a la postre ha sido el disco que mejor representó este sueño. “What’s going on” hablaba de guerras, de ecología, de problemas sociales, y pensó que eso no le importaría a nadie. Pero no tuvo en cuenta el mensajero de que disponía para tal arenga.
No cabe duda que lo que se menciona en “Mercy Mercy Me” (subtitulada, “The ecology”) tiene una actualidad apabullante. Pero hay algo en los constantes mensajes ecologistas que últimamente inundan no solo el televisor, sino también la música (ese buenrollismo ilustrado) y el cine (numerosos documentales últimamente se han estrenado en la gran pantalla referentes al deterioro del planeta, y el desarrollo insostenible que la población mundial está llevando a cabo) que hace que no funcionen tal y como deberían. Parecen una cuota, impresionante y epatante en algunos casos, sí, pero acaban convirtiéndose en una dosis de concienciación que sus espectadores acaban percibiendo con cierta distancia: como si las ballenas fueran algo que solo se puede ver gracias a las nuevas tecnologías, como si ellos no fueran los que dirigen las compañías multinacionales, como si África fuese un universo paralelo a miles de kilómetros de distancia o el ozono algo incomprensible relacionado con la química.
Aquí, más allá de la letra, más allá de esa proclama racionalizada, el que llega al fondo, el que hace amar al mensajero, el verdadero vehículo que transmite la esencia de tan incómoda verdad, es la música. La grandeza de la música de Gaye, esa que desde entonces siempre estuvo manchada por la tragedia, es la intimidad que despide, ese acercamiento al oyente que parece que te abraza, que te susurra, con la mezcla de melancolía, energía, fuerza y candor que tan solo los más grandes del soul pueden transmitir. Y entonces, la primera vez que escuché esta canción, es cuando sentí cada pelo de mi cuerpo como un árbol, un jardín en cada poro, cada curva como un accidente orográfico, el calor que hay dentro de él, y me sentí ajado, herido por el paso del tiempo, por mi propio entorno, por todo lo agresivo que me rodea. Una mezcla de felicidad por estar vivo y de amargura de verme morir. No, las cosas ya no son lo que eran. Ya no veo el mundo tamizado de miles de colores, la esperanza ya no brilla con la misma intensidad, el sentimiento de soledad crece cuando la ciudad en la que vivo cada vez cuenta con más habitantes. Al menos, en estos momentos, hay una certeza que enciende mi trémulo corazón: te quiero, Marvin.
"There she blows There she blows again Pulsing through my veins And I just can't contain This feeling that remains"
Uno de los riffs más reconocibles del pop de guitarras de principios de los noventa es "There she goes".
En contra de la que parecía ser la interpretación obvia de la canción, no hablaba de una chica que le ponía palote al narrador, sino de la sensación de euforia que se desataba en el drogadicto cuando consumía según qué sustancias. Uno se imaginaba un torrente sanguíneo contaminado de drogaína y al propietario de venas, sangre y papelas. Dejando de lado el mensaje moralista que acompaña la dictadura de lo políticamente correcto que nos ha tocado vivir estos días, he de decir que la sensación de euforia, pretendida o no, que se logra con esta canción es, posiblemente, lo más parecido a un subidón.
Lee Mavers, líder omnímodo del grupo, era un tipo perfeccionista hasta lo obsesivo. Sólo así se explica que The La's, su vehículo creativo, grabaran dos veces el único álbum que editaron en su carrera. Esa es la causa de que The La's, que en su día iba a ser the next big thing, perdieran el tren y The Stone Roses ocuparan el lugar que les correspondía.
De hecho, el single "There she goes" ya había sido editado en 1988 y fue una de las causas de que la prensa musical inglesa, siempre sedienta de hypes, les marcara como "grupo a seguir". Sin embargo, no fue hasta 1990 cuando, coincidiendo con la edición del long time post-poned self-titled LP, el single, re-released, pegó el golpe en la mesa de los charts y alcanzó el Top 20 en las listas inglesas y el 49 en las americanas. El resto del disco, en contra de lo que algunos creen, no desmerecía en absoluto. Say it loud: no estamos ante una one-hit band. De hecho, y aunque no hayan vuelto a editar discos nuevos, la banda (o más bien, Lee Mavers y mercenarios) sigue existiendo, no se ha disuelto oficialmente e incluso han hecho giras y presentado nuevas canciones.
Sin embargo, lo que más se recuerda de The La's es ese riff que nos retrotrae a días en los que la euforia, proviniera de dónde proviniera, no estaba necesariamente bajo sospecha.
Huele a espíritu adolescente. Y desde su publicación, el espíritu adolescente olió de forma diferente.
Han pasado casi 20 años, dios mío. El bebé que perseguía un dólar en la piscina de la portada del Nevermind ya va a la universidad. Y seguro que 20 años después seguirá dando botes con esta canción en alguna fiesta de fraternidad, si es que aún se celebran. Yo tengo ya 37, y el Smells es una de las 3 canciones que aún consiguen que me ponga a botar como un gilipollas.
Quien no sepa lo que esta canción logró entre los adolescentes de todo el mundo occidental solo necesita ver el video para entenderlo: decenas de chavales y chavalas empiezan tranquilamente sentados en la grada de un instituto, y 4 minutos de guitarrazos salvajes y gritos desesperados después están todos saltando unos sobre otros, como descerebrados.
Quizá haya un puñado de canciones que hayan logrado, a lo largo de la historia, coincidir con un cambio de comportamiento de los adolescentes de su época. Se me viene a la cabeza el “Rock around the clock”, cuyo éxito convivió con el nacimiento del espíritu de rebeldía de la juventud americana, que decidió en los años 50 que no quería ser como sus padres. Se me viene a la cabeza "Anarchy in the UK", con el que cuatro locos se encargaron de jubilar a los dinosaurios del virtuosismo para iniciar el reinado de la inmediatez y del "cualquiera puede hacerlo". “Smells like teen spirit” tuvo el mismo significado, solo que en 1991 los adolescentes no nos rebelamos contra nuestros padres, sino contra los capos del mainstream: “tíos, sois un puto coñazo”. Nirvana fueron, de esta manera, los enterradores de los años 80.
Si estás leyendo esto, tienes menos de 21 años y no entiendes de lo que te estoy hablando, date cuenta de que ese look de indie zarrapastroso que llevas no se pudo comprar siempre en el Corte Inglés, aprovecha que ésta es una de las pocas canciones que tienen una entrada en la Wikipedia, escucha esta canción (mejor haz un poco de sitio en la habitación) y a continuación vete a COMPRARTE todos los discos de los Pixies.
"In the city, in the city In the city there's a thousand things I want to say to you"
Quizás la historia del pop cambió una noche de agosto del 76. Cualquier otro momento pudiera ser bueno, quizás. Pero este no es sólo bueno, es especial. Esa noche de agosto Paul Weller bajó con sus amigos y sus 18 a Londres desde Woking, condado de Surrey, veinte minutos en tren a la ciudad. Paul y The Jam, ya viejos conocidos en los pubs de su ciudad, arrancan unos cuantos coches y organizan con los chavales de la pandilla una excursión. Parecía ser que en la capital pasaba algo gordo y ellos, aún meros provincianos, no se lo pueden perder. Las ventanillas abiertas por el calor, risas en el coche.
Fue una verdadera suerte, sin ello la pasión que ese chaval había moldeado hacía unos años por un movimiento perdido en los sesenta hubiera sido un mero remedo sin salida; así, encontraba un cauce nuevo y vitalizador para unas inquietudes que iban a estallar en una carrera brillante y sólida. Y de paso, inventaba el revival 79, uno de los estilos más breves y eufóricos de la historia del pop.
Voy a intentar no usar la palabra mod en el texto más de lo necesario, pero lo cierto es que he de empezar con ella. O más bien con nuestro Paul, aún un niño, enfrascado en su habitación. 1974. No le dice nada el glam rock. Pero encuentra en las páginas de New Musical Express un reportaje sobre unos jóvenes que hacía diez años o más se paseaban con altanería olímpica por su mismo país. The Jam ya existía y aún no va a cambiar a la nueva religión. Pero nuestro Paul sí, nuestro Paul cae deslumbrado. Es imposible implicarse en nada sin un deslumbramiento. Quizás el origen obrero, como el suyo, quizás similar actitud ante la música, pero Paul entiende tras caer del caballo que él es eso. Mira a su alrededor y en 1974 aún ve pasar a algunos. Muy pocos. Muy solos.
Quedan dos años largos para el punk y Paul es afortunado por estar ahí, en su habitación, leyendo una y otra vez los entresijos de una época que ya ha hecho suya. Así, cuando éste se presente su personalidad ya estará formada, ya no le engañarán ni le dirán por donde ha de ir. Ya sabrá él dónde ha de llegar con la seguridad que le da la conciencia de lo que hace. Eso también lo aprendió en su habitación de los mods.
Así que cuando desembarca en Londres esa noche de agosto, el pie fijándose al asfalto al salir del coche, la mirada atenta e interrogante, sobre la excitación monta la certeza. Certeza que se agranda al entrar al local. Londres era una ciudad altamente estimulante ese año. Una ciudad en el segundo de silencio que precede a la bomba, ese segundo en el que hinchas los pulmones porque una vibración del aire despierta el instinto. La pandilla entra en el 100 Club y asiste a un verdadero caos, a un pandemónium en el que ni los Sex Pistols ni público se aclaran. Pero Paul, pese a ello salió encantado. La vuelta a los coches la hizo como triunfador porque sabía que ahí estaba su público y el movimiento juvenil que le iba a empujar.
No tardarían mucho en actuar en ese 100 Club. Fue a finales del verano, y lo ocuparían varias veces más. De hecho, una vez separados y en su lp de directos –Dig the new breed- la versión del In the city que emplean está grabada el 11 de octubre de 1977 en ese mismo lugar. En todo caso la interpretación que más me gusta es la que hicieron en el Electric Circus de Manchester, agosto de ese mismo año –espero que nuestro Jordi la ponga como video- porque en ella se recrean los primeros planos con profusión y tranquilidad. Y me gusta esa mirada desafiante y tímida al mismo tiempo, el salto que se adivina en el primer redoble, los movimientos eléctricos y elegantes, los escasos pero significativos planos de un público que te acoge treinta años después.
¡¡¡In the City!!!, palabras mayores, aparecida el 29 de abril de ese mismo 1977. Una portada con un fondo de azulejos de sanitario y ellos inventando el uniforme de la nueva ola: corbata estrecha, americana y zapatos sucios. Y dentro urgencia, sí, urgencia de la guitarra que repite el mismo riff tres veces llamando a ese redoble de batería que late en toda la canción. La voz grita encajándose en una atrayente melodía la rabia, la frustración, las preguntas. En la calle están pasando cosas y hemos de aprovecharlas, hay que hacer algo, nosotros mismos. Hasta llegar a ese final repetitivo que es imposible dejar de gritar. Poco más dos minutos que se hacen densos, elásticos, que recorre un nervio tempestuoso.
Mirado con sospecha por los punks – ha pasado a los anales una pelea con Sid Vicious de la que el Pistol, nenaza, sacó un ojo lesionado durante toda su vida- y por los escasos aficionados activos a la estética de los sesenta, Paul tenía el criterio, tenía el cauce. Sólo le faltaba ponerse manos a la obra. Sin revivalismos -¿cómo voy a ser revivalista si sólo tengo dieciocho jodidos años?, dijo- pero tomando todo lo que del pasado podía ser activo. Simplemente quería gritar su insatisfacción con el espíritu más bello y más enérgico que había encontrado.
"From the moment I could talk I was ordered to listen There's a way and I know that I have to go away"
Muchas veces pienso que si Cat Stevens no ha pasado a formar parte de ese limbo de grandes cantautores, en el que descansan grácilmente artistas como Bob Dylan, Leonard Cohen o Neil Young, es porque nunca jugó con la cara más oscura de la vida. Éstos siempre desenfocaron los límites de lo razonable, descubrieron a aquellos que habitan los huecos de la sociedad y los hicieron protagonistas de sus historias, hasta el punto, en algunos casos, de convertirse ellos mismo en pobladores habituales de sus propias narraciones. Lo de Steven Demetre Georgiou es más la poesía de lo cotidiano, el despertar de esos sentimientos que reconocemos tanto como humanos, de esas condiciones que nos hacen diferentes y maravillosos, en toda su extensión, desde la melancolía a la euforia, de la tristeza a la resignación, del odio a la ira, de la felicidad a la duda, siempre celebrando esa fiesta que es vivir, en una auténtica orgía vitalista.
En el DVD editado hace apenas cinco años "Majikat", que recoge un concierto de su gira de 1976, se puede apreciar la increíble intensidad con la que Stevens entendía la música, como ésta filtraba por todos los poros de su cuerpo dando forma a un éxtasis que pone los pelos de punta. Esa es la demostración más clara, el momento clarividente en el que deja vislumbrar cómo, dentro de su discurso despoblado de iconos, la honestidad, la falta de prejuicios, y su obsesión por vivir (léase con mayúsculas), convertían un lenguaje musical que aparecía como amable y falto de ángulos, en un dechado de amor por la vida, concebido en toda su plenitud, y hacían de él un compositor único e irrepetible, un verdadero outsider en un panorama lleno de genios hinchados de LSD y fantasías ultraterrenales.
"Father and Son" es el más claro ejemplo de eso. El diálogo de un padre y un hijo que pone al descubierto los errores y aciertos de cada uno, que desvela ese camino que irremediablemente hemos de recorrer y al que hemos de llegar, piedras en las que tropezar, derrotas que celebrar, triunfos que rememorar. El padre, que ya ha sido golpeado por la vida en múltiples ocasiones, descubre la urgencia juvenil de su hijo, su necesidad de crecer, y le pide calma, paciencia para no cometer esos fallos que él mismo sufrió, que no se deje llevar por unos impulsos y unos sueños que con el tiempo desaparecerán. La voz de la doble y dolorosa certeza: la de que el chaval necesita llevar a cabo esos pasos por sí mismo, y la de que los errores serán similares llevándole a sufrimientos parejos. El hijo siente la vida abriéndose como millones de posibilidades que experimentar, y siente la necesidad de saltar más allá, de liberarse de esa guía al mismo tiempo sabia y aleccionadora erigida en la figura del padre, de trazar su propia libertad, de equivocarse, de explotar en toda su ansia de vivir. Este diálogo Stevens lo representa con su habitual sutilidad acústica, interpretando con voz grave al padre, y con subidas de intensidad y tonos agudos, al hijo, llegando un climax final en el que un coro responde a cada una de las voces.
Sí, es simple. No, no hay tragedias (al menos explícitas). No hay mensajes aleccionadores. Hay una composición excelsa que demuestra que la vida no hay que explicarla, que se representa por sí misma, que solo hay que saber leerla, y disfrutar de cada una de sus diferentes estaciones. Una demostración de sentimientos encontrados, intereses enfrentados, caminos cruzados, una lectura vital sin prejuicios ni cortapisas, sin presupuestos, con un único límite: el tiempo que nos queda. Todo esto expresado con una sensibilidad exquisita, una intensidad emocionante hasta la lágrima, una clarividencia que no pertenece a los genios, sino a los vividores. Porque Cat Stevens nos presenta a sus “vividores” como aquellos que entienden su periplo necesariamente como alegría y dolor, sufrimiento, tristeza, algarabía, preocupación y despreocupación, equivocarse y acertar y volverse a equivocar, soñar y razonar, sin que deba faltar ni uno solo de sus ingredientes. Qué mejor receta para sentirse vivo por uno mismo, y no por contraste con los que no pueden (o no han sabido) cocinar tal menú.
álbum: Anarchy in the U.K. (single, también en el álbum "Never mind the bollocks. Here's the Sex Pistols" de 1977)
año: 1976
sello: EMI
"I am an antichrist I am an anarchist Dont know what I want but I know how to get it"
Suena tu despertador a las 7. Dos tonos como cada día. Lo apagas, te levantas y pones los pies en tus cómodas zapatillas que fueron regalo de la última Navidad. Una ducha rápida, te pones el traje y la corbata y das un mecánico beso a tu mujer y tus hijos antes de ir a coger tu coche gris al garaje. Te incorporas escuchando la COPE al atasco de cada mañana que te lleva lentamente al trabajo donde aparcas en la plaza que tienes reservada. Subes en el ascensor evitando rozar cualquier otro cuerpo. Musitas un buenosdías a la recepcionista y a tus compañeros. Te sientas en la mesa, enciendes el ordenador e inicias las tareas a las que llamas tu responsabilidad. Sólo paras para un café a las 10:30 y para comer a las 13:30. En la comida hablas con tus compañeros de trabajo de fútbol, de política y de toros. Te fumas un purito y vuelves al trabajo. Cuando acaba tu jornada, directo a casa. Cenas lo que te pone tu mujer. Das otro beso a tus hijos antes de que se acuesten. Pones la tele hasta que te aburres. La apagas. Otro beso a tu mujer porque hoy no es sábado así que no hay que dedicarle cinco minutos más. Ahora sólo queda dormir. Y mientras duermes, lo ves claro porque sueñas que eres feliz hasta que suena de nuevo el despertador.
Esa es tu vida. Rutinaria, ¿verdad? ¿No te apetecería cambiarla un poco o del todo? ¿Coger un martillo, romper todos los espejos y acabar danzando desnudo en una habitación llena de cristales? Algunos dirían que eso es el punk. Para construir, hay que destruir. Escupir e insultar a quien te viene a escuchar. Tres acordes o cuatro. O algo así. Nosotros no lo sabemos. Lo único de lo que estamos seguros es que este grupo es uno de los más famosos del "movimiento" (con el permiso de los Ramones) y esta canción probablemente la más representativa. Y si quieren información de primera mano, lean "Por favor, mátame. Historia oral del punk". No será verdad, pero ¿a quién le importa?.
PD: Ah, casi me olvidaba. Estuve parte de mi adolescencia creyendo que el original era de Megadeth. Es que el video molaba y yo tenía amigos heavys y no era muy listo. PD2: De acuerdo, tú ganas. La utilización del pretérito no es correcta. PD3: Dicen que poner muchas postdatas implica tener una mente desordenada. PD4: Debe ser por eso que pongo tantas...